Un pequeño disco solar se ocultaba en el lejano horizonte, cubriendo con sus sombras las rojizas tierras que lo rodeaban. La pequeña colina donde estaba permitía ver en toda su grandeza una gran llanura cubierta de rocas y arena, excepto por un curioso surco en la tierra que parecía producido por una gigantesca serpiente y que podría haber estado lleno de agua y vida millones de años atrás. Un ser humano habría suspirado, quizás emocionado, ante aquella maravillosa visión, incluso durante un instante habría pensado que, pese a todo lo que le dijera su sentido común, se sentía como en casa. Pero ninguno de aquellos pensamientos pasó por el cerebro cibernético del robot. Este se limitó a cumplir las órdenes programadas, ajenas a los sentimientos o a las emociones, y a tomar una foto de aquella puesta de sol, como había hecho varios centenares de veces desde su llegada al reseco planeta rojo.
El pasado 26 de mayo la sonda Phoenix aterrizaba en el Polo Norte de Marte con una misión: encontrar la existencia de agua y, por tanto, vida, ya sea en su pasado remoto o en la actualidad. No es la primera que llega con este fin, pero sí es la primera vez que los científicos piensan que podemos estar muy cerca de dar al mundo la mayor noticia que la humanidad haya escuchado jamás: ”Hay vida en el planeta rojo”.
Desde que H. G. Wells escribiera su “Guerra de los Mundos”, nuestro vecino planeta ha pasado a formar parte esencial de nuestras vidas, hasta tal punto que durante mucho tiempo (y aún hoy día) seguimos llamando marcianos a todos los extraterrestres. Han sido nuestros enemigos en cientos de películas y capturado la imaginación de varias generaciones hasta que la ciencia nos bajó de la nube: Marte era un planeta muerto. ¿Pero estábamos seguros de ello? Hubo muchos intentos de llegar a la superficie marciana, hasta que en el verano de 1976 las naves Viking I y II lo lograron. Unos días después, una humanidad boquiabierta veía por primera vez imágenes de Marte. La mayoría quedaron decepcionados al ver sólo un enorme desierto de rocas, pero la mayor decepción vino con los análisis que las naves efectuaron del suelo. Marte era un mundo sin vida.
Durante veinte años la gran mayoría de la gente se olvidó de aquel mundo cuyo diámetro es la mitad del de la Tierra. Tan solo algunos astrónomos y científicos seguían observándolo. Pocos saben el porqué de su color rojo (posee un alto contenido en óxido de hierro) o que en su superficie la temperatura varía entre los 20 grados por la mañana y los 80 bajo cero por la noche. Marte posee climas y una geografía única en el sistema solar. El volcán Olimpus es el más grande del mundo. A su lado el Everest es casi una colina. O el fantástico Valle Marineris, similar al terrestre Gran Cañón del Colorado, pero con unas medidas muchísimo mayores. También hay varias formaciones rocosas cuya similitud con formas humanas han despertado la imaginación de muchos escritores.
A finales del pasado siglo XX, los resultados de los Viking fueron puestos en duda. Nuevos estudios parecían dar a entender que los medios utilizados en los setenta quizás no reconocieron la posibilidad de la existencia de agua y vida en Marte. Una nueva serie de naves surcaron el silencioso espacio buscando respuestas. Ingeniosos aparatos humanos, cada vez más sofisticados y duraderos, recorrieron su superficie u orbitaron, y aún orbitan, alrededor de él, fotografiando y analizando cada centímetro cuadrado.
Ahora sabemos que Marte tuvo agua en el pasado y una atmosfera mucho más densa que la que tiene ahora, pero la pregunta es: ¿queda aún algo de todo ello? Muchos científicos piensan que parte del agua está en los polos o, en menor medida, bajo la superficie. Es por ello por lo que la Phoenix ha ido al polo marciano, para buscar la prueba de que el agua aún está presente en Marte y, quizás con ella algo más importante: la vida.
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